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Testimonio: Ser madre cambia la vida

Por: Nonantzin Martínez

Fuente: Cortesía

Testimonio: Ser madre cambia la vida

Foto: GETTY IMAGES

Una de nuestras lectoras nos comparte su experiencia al convertirse en mamá

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recien nacido, Mamá feliz

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Todo en el mundo comenzó con un sí...

Con dedicatoria especial para mi papá, que se nos adelantó en su paso por este mundo y ya no pudo conocer a su nieto, pero que hasta el último día de su vida pensó en él.

Me convertí en madre un 25 de julio, justo el día que cumplí 37 años; gran coincidencia. Y es que una no va por la vida planeando que su primer hijo nazca justo el mismo día, pero pasó. Como dice mi mamá: "todo tenemos un día para nacer y otro para morir". Y yo lo creo. Así, Iker decidió abrir los ojos al mundo a finales de su semana 37 de gestación. Aunque lo esperábamos en agosto, entre los días 10 y 12, el pequeño quiso atravesar la barrera placentaria varias semanas antes. De paso, me dejó sin pastel, pero a cambio me dio el regalo más hermoso que puede existir: su vida.

Así, como dice Clarice Lispector, la escritora brasileña de quien tomé prestada la frase para darle título a estas líneas: "Todo en el mundo comenzó con un sí. Una molécula le dijo sí a otra molécula y nació la vida."

Iker también quiso nacer por cesárea. Las condiciones pintaban para que fuera parto natural, pero con un cordón umbilical enredado en el cuellito, resultó imposible. Tuve contracciones y dilatación, pero ésta ya no avanzó pasadas las 4 horas de que empezara todo. El bebé comenzó con taquicardia y esto obligó a tomar la decisión de la cirugía. Yo, estoicamente, acepté ser anestesiada y sometida a una intervención mayor. La primera cirugía de mi vida.

A partir de que mi doctora nos lo informó a Fernando, su papá, y a mí, todo sucedió muy rápido. Las contracciones se me olvidaron y me concentré en el siguiente proceso. Me prepararon y comenzó la cuenta regresiva. Cuando oí su llanto, mi mundo se detuvo. No puedo explicar todas las emociones que sentí en ese momento, toda la felicidad y todo el amor. Ahí, justo a las 10:26 de la noche de un jueves dejé, en las lágrimas que derramé, todo mi corazón, pues Iker, mi pequeño Iker, había nacido.

Mientras Leonard Cohen era parte del soundtrack de su nacimiento (la canción, de nombre "Amen": Tell me again when I'm clean and I'm sober / Tell me again when I've seen through the horror / Tell me again tell me over and over / Tell me that you'll want me then / Amen/) (Dime otra vez cuando esté limpio y sobrio? cuando haya visto el horror? dime que tú me quieres, entonces), a lo lejos oía que el pediatra iba explicando cada una de las partes que revisaba de mi hijo; al final dio dos calificaciones, las del test de Apgar, 9/9. "Es un niño sano, todo está perfecto", pensé. Respiré tranquila y cerré los ojos.

Cuando lo tuve a mi lado, supe que ya no era la misma persona que había llegado al sanatorio por la tarde. Un ser que nació con un peso de 3 kilos con 70 gramos y midió 49 centímetros había hecho el milagro.

Y así, en unos días más, mi hijo cumple un mes de vida. Aunque parece que fue ayer cuando ocurrió todo esto, la realidad es que el tiempo ha pasado muy rápido. ¿Cómo resumir este primer mes? Con un departamento "que huele a bebé" por todos sus rincones; con ropita por aquí y por allá; con una carriola que ya fue estrenada: con pañales y leche como constante.

Asimismo, la rutina de una pareja que iba al cine una vez a la semana, que salía a desayunar en sábado, en domingo y, a veces, entre semana, y que se desvelaba en tertulias con sus amigos, en martes, en jueves o el día que fuera, ahora se ha vuelto una más cansada, pero más emocionante; una con nulo glamour para la mamá, pero más plena; una en la que se toma conciencia de cada una de las 24 horas que tiene el día para sacarle el máximo provecho y resolver pendientes y tareas domésticas.

Y no, este proceso no ha sido fácil; en el camino ha habido lágrimas, cuestionamientos, temores y dudas sobre si lo estás haciendo bien o lo estás haciendo mal. Y muchas veces piensas que todo está de cabeza. Pero vuelves a situarte en la realidad y a creer en ti. Y al ver su carita, sus ojos, su mueca de sonrisa y sus manitas y tenerlo en brazos, nada importa, sólo él. Bendita vida.

Mientras termino de escribir las últimas líneas, y leo que cada minuto nacen en el mundo 300 niños, mi mamá arrulla al mío. En mi computadora suena Cat Power y ya casi son las siete de la noche, hora de su leche.

¿Para ti qué fue lo más gratificante de convertirte en mamá?

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